Se cansó del karma, de los chakras, de esperar a que el universo le devolviera lo que siempre fue suyo. De tener que dar incluso cuando todo acabó. De tener que sonreír a quien le destruyó el corazón en mil pedazos, de callar, de no gritar, de dejar de ser las montañas. Porque, quizás, entendió que cuanto más gritaba cuánto le odiaba, más amor se estaba devolviendo a ella misma, a sus entrañas, a aquella niña que baila en el living room del himalaya.
—te odio.
Y lo gritó fuerte, con toda la fuerza que estuvo apretando entre sus dientes, para no decirlo, para que no se fuera...
Esta vez gritó fuerte.
Y volvió a pedir perdón una última vez. Por callar cuando tuvo que gritar:
—¡tE ODIO!
Y se perdonó para siempre.
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—¿Y volviste?
—Volví, claro que volví. Volví a ser todo lo que él odiaba. Volví a ser rebelde, a no parar de hablar por los codos, a reír descaradamente, a comer encima de la cama y bailar con los pies descalzos.
Volví, y una vez llegas a ese punto, créeme,
jamás vuelves.
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