No tuve una abuela que me besara la frente. Tuve una abuela, pero nunca pudo darme uno de esos besos. Al menos que yo recuerde. Mi abuela se convirtió en flores demasiado pronto, llevándose consigo todos los jazmines del jardín, del patio trasero y de los balcones. Nunca más volvió a florecer una semilla en aquella casa.
No sé exactamente dónde vivía, como un caracol, llevaba una mochila llena de acuarelas colgada en la silla de ruedas, y supongo que, hogar, era cualquier casa que ella pisaba. Cuando la visitaba, su enfermedad, las pastillas y la poesía, por partes iguales, siempre la hacían estar en un mundo paralelo. Yo solía imaginar que sería un mundo igual al de sus pinturas: lleno de prados verdes, con pequeñas flores de colores, y payasos rojos que dormían bajo la falda de los árboles.
–qué lugar tan bonito para vivir–pensaba cuando mi madre me enseñaba los lienzos.
Sin yo saberlo entonces, ese mundo me sería heredado años más tarde. Pero no adelantemos acontecimientos. Mi abuela se convirtió en flores cuando yo tenía la temprana edad de ocho años, y por desgracia, solo conservo tres recuerdos que llevan su nombre y nuestro apellido.
Una de las casas que mi abuela convirtió en hogar, era la de mis tíos, Joaquín y Rosalía, no recuerdo como era la habitación donde dormía, pues ella pasaba las veinticuatro horas del día–y de la noche– en el garaje. Allí tenía un pequeño taller, una tabla de madera vieja llena de acuarelas húmedas, pinceles de todos los tamaños y lienzos manchados con paisajes, payasos y flores, muchas flores. Aquella tarde, al verme pasar, me llamó con un chistido y, sin intercambiar palabra, me echó una plasta de masa mojada en la cara; solo recuerdo la sensación fría de la arcilla, que contrastaba con el calor que desprendían sus manos temblorosas en mi rostro, añadiendo más y más capas de gasas mojadas. Me pidió que volviera otro día, cuando la máscara de carnaval estuviera seca. Cuando volví, al cabo de los meses, la máscara estaba sobre la mesa, pero ella ya no estaba en esa casa. Las flores tampoco.
El segundo recuerdo, creo que ni siquiera es mío. Es una historia que he escuchado tantas veces que se ha mudado a mi cabeza, como si lo hubiera presenciado con mis propios ojos. Es solo una imagen: mi abuela en su silla de ruedas, avanzando por la autopista. Solo sé eso. Nadie supo a dónde iba ese día. Ella tampoco dijo nada. Yo sigo pensando que fue a pintar una de sus flores de acuarelas. Seguramente lirios azules. Sus favoritas. Seguramente intentó recolectar alguna flor del cultivo de aromáticas que hay justo antes de llegar a la A-8009, en la carretera de la rinconada a Sevilla, solo que se despistó y se metió en la autovía. Allí la recogió la guardia civil y la llevo de vuelta a casa, bueno, a una de esas casas que mi abuela convirtió en hogar.
El tercer recuerdo tampoco es un recuerdo, es poesía. Un poemario escrito en un viejo cuaderno que no logró encontrar. Todos sus hijos, mis tíos, guardan algo de ella: poemas, pinturas, fotos... Lo sé porque de pequeña me encantaba registrar cajones y armarios. Si hoy, dieciséis años despúes, pregunto por las cosas de la abuela, todos cambian de tema. Si me pongo pesada, niegan tener nada. La poesía de mi abuela es un tesoro sin mapa imposible de hallar, custodiado por cinco dragones.
Ahora soy demasiado mayor para entrar en casas ajenas, que ya no son hogar, y registrar todos los cajones.
No tengo acceso a los objetos personales de mi abuela para volver a leerla, volver a oler sus flores azules o sentir ese beso en la frente que me diga que todo esta bien más allá de los prados verdes.
Por suerte, conservo algo de ella que nadie puede arrebatarme:
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