Era un lugar seguro, mamá, nunca miraba allí, podía pasar horas escondida y nunca me encontraba. Ese día pasó horas buscándome por toda la casa, escuchaba ruidos en el salón y se cayó un plato en la cocina, seguramente pensaba que me había metido en los muebles de la despensa. Corría de un lado a otro, y nunca me encontraba.
Un día la escuché llorar, eso no me gustó, así que decidí rendirme y salí. Vi a papá salir de casa; la casa estaba patas arribas; los sofás rotos; los libros de mamá reboleados por el suelo. Pensé que me había escondido demasiado bien. Sonreí. Ella estaba en su habitación, sentada en el suelo y corrí a abrazarla. Cuando le pregunté que por qué lloraba, me dijo que había tenido mucho miedo de no volver a verme otra vez.
¡Qué tonta! Nunca entendí por qué no me encontraba, si fue ella quién me enseñó a esconderme debajo de la cama…
Quien no se
haya
escondido
tiempo a
tenido
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