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EL VOLCÁN QUE NUNCA EXISTIÓ


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na bióloga, agotada por la rutina de una vida inhóspita en la ciudad, está a punto de tomar la decisión más difícil de su vida: suicidarse. Sin embargo, una inesperada llamada cambia su destino por completo: su proyecto de repoblación y conservación del caracol Iberus gualtieranus gualtieranus ha sido finalmente aprobado. Este logro la impulsa a posponer su muerte unos meses para embarcarse en una misión final: regresar a la escuela de su infancia, en las montañas de Sierra Elvira (Granada), con el objetivo de encontrar los últimos ejemplares de la especie y evitar su extinción.  --------

En su regreso a las montañas, conoce a Ana, una enigmática mujer que vive en la escuela y asegura conocer el paradero de los caracoles. Aunque Ana, tiene un plan muy diferente: hallar un volcán mágico oculto en las montañas. 

Juntas emprenderán una entrañable aventura cargada de magia, leyendas y criaturas mitologicas que habitan en las montañas.

A través de las vivencias de las dos mujeres, la novela nos invita a reflexionar sobre la importancia de encontrar nuestro lugar seguro en el mundo, de abrazar lo que somos y de aprender a coexistir con todo lo que nos rodea.
El volcán que nunca existió es un mito que nace de las entrañas de Granada, sobre un supuesto volcán en la región de Sierra Elvira. Durante años, la creencia popular sostenía que en esa zona había un volcán activo, basándose en la forma de las montañas, en pequeños temblores que se producían, y en la presencia de humo que a veces se observaba saliendo de la tierra.

Inspirada en vidas reales, el volcán que nunca existió, es un homenaje a todas aquellas personas  que no tuvieron nadie que recuerde su historia       







EL VOLCÁN QUE NUNCA EXISTIÓ

Capítulo 1:              El volcán 

La primera vez que lo vi, no recordaba haberlo visto nunca antes en ese lugar. Conocía la sierra como la palma de mi mano, pero allí estaba, estático y sereno, como si sus cientos de toneladas hubieran aparecido de la nada. Justo en ese momento, un torbellino de vinilos de dientes de león, bailaban frente a mí. Impulsados por el peso de un cuerpo que, al caer sobre las flores, les había permitido volar. Se movían al compás del viento, creando un ballet de bienvenida, quizás para mí, o tal vez, para las flores que habían muerto... 

Observaba aquel espectáculo efímero, embelesada por la delicada belleza de los vilanos que se abrían como paracaídas y daban vueltas entre sí. Parecían estar vivos, como si cada uno de ellos fuera una bailarina que luchaba por ser la gran estrella. Nerviosas por poder bailar, finalmente, al son del viento. 

No sé en qué momento apareció, pero estaba segura de que era el volcán de Sierra Elvira. Quizás me llevó a él un anhelo de huida, un grito desesperado por escapar de la verdad, o quizás fue ella quien quiso que lo encontrara. Escuché su voz, no con palabras humanas, sino con la sinfonía del viento, que susurraba mi nombre, mientras los vinilos giraban y giraban a mi alrededor. No era la primera vez que intentaba hablar con ella después de que las flores murieran, y los dientes de león volaran, pero sí fue la primera vez que pude escuchar su voz—aunque fuse a través del viento—. A medida que los vinilos se alejaban o se acercaban a mí, movidos por la brisa, el tono cambiaba. El viento modulaba las palabras con sus caprichosos vaivenes, impidiéndome descifrar el mensaje completo. Aún sigo sin saber si me hablaba realmente a mí, a las pequeñas bailarinas, o a las flores que habían muerto. 

De esta manera, el volcán me ofreció un concierto único e irrepetible, una composición improvisada que se renovaba con cada ráfaga, nacida del caos de las flores, que me recordaban el poder de la naturaleza para crear belleza incluso en el momento más luctuoso. 

La ladera estaba cubierta de caléndulas. Qué lugar tan bonito para dormir, pensé. Parecía una cama cubierta de sábanas naranjas, revueltas, como si aún no se hubiera atrevido a estirarlas después de que Ana las desordenara. El sol se colaba tímido entre las copas de los árboles e invitaron a pasar entre sus hojas un rayo de luz que fue directo a mi retina. Pude escuchar el crujir de mis pupilas al contraerse. Entre el resplandor, pude ver, a duras penas, una forma en espiral no muy lejos de mí. Podía sentir que, fuese lo que fuese, me estaba observando desde hace ya tiempo.  

Pasados unos segundos, mis pupilas volvieron a la normalidad y pude verle. 

—¡Bienvenida al volcán que nunca existió! —dijo el caracol. 



Capítulo 2:              La llamada de los árboles   

La historia de Ana merece ser contada desde el principio y desafortunadamente, no puedo contaros el principio sin empezar por el final, porque justo el día que decidí suicidarme, fue el comienzo de esta historia. 

Mis pies estaban descalzos, el balcón helado y el vértigo me dificultaba respirar. Hacía tanto frío que casi me quedo pegada al balcón. 01:35:07 a.m. La casa estaba triste y las bombillas rotas, pero una luz azulada alumbraba medio salón; no recuerdo si era la luna, la televisión o la melancolía. Las barandillas del balcón estaban cubiertas de polvo que mancharon las plantas de mis pies. Me bajé del balcón y mis huellas se fueron difuminando, poco a poco, por todo el salón hasta llegar a la cocina. Necesitaba un vaso de agua, aclarar la garganta, secar mis lágrimas y volver a respirar lento.  

Quería volar, volar lejos de esa casa azulada y con olor a autovía, pero no me atrevía a saltar. Hacía demasiado frío ahí fuera para dejar mi cuerpo tumbado en la carretera. Cerré la ventana de la cocina y dejé de escuchar los coches. Comencé a escuchar el silencio. «Este silencio hace más ruido que una bomba nuclear» pensé. Pero no me refería al ruido de toda una ciudad al implosionar. Lo que más atormenta de un evento catastrófico no es el estruendo inicial, sino el silencio que le sigue. El silencio que viene después de la catástrofe. 

Volví al salón, dejé el vaso de agua encima de la mesa, junto a una caja de antidepresivos, otra de somníferos, una receta del psiquiatra, una carta y una foto. La receta indicaba: media pastilla cada mañana y Lorazepam solo en caso de crisis nerviosas. Es irónico que un psiquiatra en su sano juicio decida recetar una caja entera de somníferos a alguien que busca no volver a despertar. «No me hace falta saltar» pensé. El psiquiatra ya me había empujado al precipicio.   

Quería hacerlo, de verdad que quería hacerlo, porque no hacerlo implicaba quedarme en la jaula azul de 50 metros cuadrados, aprender a codificar la televisión, de una vez por todas, y acostumbrarme — también de una vez por todas— que las únicas estrellas que vería serían las ventanas del edificio de enfrente. Algunas incluso parpadeaban, y eso sería lo más parecido a una estrella fugaz. 

Tenía que hacerlo, porque renunciar a la soledad en un solo salto era más fácil que aceptarla. Solo pensarlo me secaba la garganta. Necesitaba otro sorbo de agua. El agua del grifo estaba caliente y sabía a cloro. Volví a dejar el vaso sobre la mesa y cogí la foto. Dolía y le di la vuelta, como si darle la vuelta a una foto hiciera que doliera un poco menos. No funcionó. Miré las estrellas — las ventanas— y cerré los ojos, muy fuerte, hasta que apareció un mandala de colores. Un círculo lleno de luces azules, verdes, rojas y amarillas —No sé quién dijo que dejar de pensar era poner la mente en blanco. Cuando yo cierro los ojos, lo veo todo negro —. No podía dejar la mente en blanco-negro más de dos segundos, siempre me evadía algún pensamiento aleatorio, y de repente me vino a la cabeza uno: Ojalá fuera un quejigo. 

Ser un quejigo —un árbol —, para mí, era la capacidad de convivir en armonía con el silencio, sin intervenir directamente con del mundo, al menos no como lo hacemos los humanos. Simplemente existir como parte de algo más grande; como un bosque. En el bosque no eres importante como ser individual, es imposible que un bosque pueda sobrevivir con un solo árbol ¿verdad? Pero perteneces a un todo, y dentro de ese todo eres imprescindible, ya que el bosque necesita de cada uno de los árboles para sobrevivir.  

Cuando eres un árbol, no puedes planificar tu futuro; solo puedes adaptarte a las circunstancias, como mucho, aprender del pasado. Vives anclado en el presente. Pueden ocurrir acciones humanas frente a ti, pero solo se te permite observar. Nadie te impone eso; vives y creces para eso. No conoces otra realidad más que existir, permanecer, observar, ser, sobrevivir y esperar tu muerte para formar parte de la tierra, de la que nacerá otro árbol —que ya no serás tú— pero llevará parte de ti. «Ojalá pudiera ser un quejigo» pensé. 

Recuerdo que Ana—la protagonista de esta historia— solía contarme que los árboles pueden sentir dolor. Un dolor parecido al que sienten los humanos — decía — pero mucho más lento. Como si te pisaran un pie hoy y, tu grito resonara diez años después.  

–En la ladera del volcán hay una fortaleza de encinas que se alzan como soldados para proteger a su reina, Elvira. Si tocas un árbol, rompes una ramita, o pisas sus raíces: envían la información de unos a otros como si del juego del teléfono se tratara. Poco después te habrás perdido en el bosque, pues los árboles cambiaban de posición para confundirte. Por eso es mejor pisar siempre con cuidado el bosque. –me aconsejaba. 

Ojalá yo hubiera sido un quejigo, Ana, hubiera sido más feliz. 

No quisiera convertir esta historia en una apología dramática de mis pensamientos, pues yo no soy la protagonista, solo soy una simple narradora que tuvo la necesidad de contar una historia. Me vi obligada a hacerlo, porque siempre me ha molestado mucho que se olviden las historias —o las personas— que tienen algo increíble que contar. Las personas–o las historias– solo se olvidan cuando no existe nadie que las recuerde. A este respecto, podría decirse que yo, tampoco existo en este relato, como bien dijo Mario Vargas Llosa en su novela Cartas a un joven novelista: 

Un narrador es un ser hecho de palabras, no de carne y hueso como los autores; aquel que vive solo en función de la novela que cuenta y mientras la cuenta (los límites de la ficción son los de su existencia).  

Pero desafortunamente, no puedo contaros la historia de Ana sin contaros la mía, porque nunca supe nada de su pasado, ni conseguí hablar con su familia, ni nadie que la conoció, recordaba de dónde venía. Así que solo puedo contaros mi historia, y con suerte, encontrareis parte de ella en mis recuerdos. 

El politono de mi teléfono me hizo volver en mí, y el mandala desapareció por completo. Abrí los ojos, de par en par, no estaba acostumbrada a escuchar ruidos más allá del silencio. Con las manos temblorosas, cogí el teléfono y desbloqueé la pantalla: 02:01:05 a.m. Era Adela, mi profesora —y ahora mentora— desde que terminé el máster en herpetología, hace unos años. Había pasado noches hablando con ella por teléfono sobre temas como el comportamiento de apareamiento en reptiles, adaptaciones fisiológicas únicas, la capacidad de algunas ranas para congelarse y descongelarse. También discutíamos sobre la ética de la conservación de especies, la responsabilidad humana en la preservación de la biodiversidad y miles de otras conversaciones sobre cómo la percepción humana de los reptiles y anfibios ha cambiado a lo largo de la historia. Esta vez no me llamaba para eso, y yo lo sabía. Llevaba años esperando una respuesta de la Consejería de Medio Ambiente. Había solicitado un proyecto para estudiar la repoblación del caracol Iberus gualtieranus, y esa llamada —a esas horas— solo podía significar una cosa: mi proyecto había sido aprobado por la Junta, y Adela, no podía esperar a darme la noticia. 

En ese momento sentí un escalofrío, como si algo me estuviera llamando —no me refiero a Adela y el teléfono que aún sonaba —. Era como si la montaña —o los árboles — se resistieran a dejarme saltar, como si supieran que sería yo quien debía escribir esta historia. 

Después de todo, ¿qué prisa tenía la Calle de Francisco Silvela para verme dar el gran salto?  

—Dime Adela. 

—No te vas a creer lo que tengo que decirte... 


 

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Comentarios

  1. Maravilloso comienzo! Con ganas de seguir conociendo a Ana y su historia.
    Gracias por compartirlo.

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  2. Me atrapó desde el primer segundo,sentí la ansiedad, la tristeza y ese último hilo de esperanza del cuál tirar cuando todo te ahoga...deseando leer más!

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  3. Conectar con la historia es lo que hace que quiera seguir leyendo más. Esperando al siguiente capítulo ❤️

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  4. Una historia muy cautivadora! Las descripciones me hacen imágenes muy vividas! Me alegro leer más!!

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