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EL VOLCÁN QUE NUNCA EXISTIÓ

U na bióloga, agotada por la rutina de una vida inhóspita en la ciudad, está a punto de tomar la decisión más difícil de su vida:  suicidarse . Sin embargo, una  inesperada llamada cambia su destino por completo: su proyecto de repoblación y conservación del caracol  Iberus gualtieranus gualtieranus  ha sido finalmente aprobado.   Este logro la impulsa a posponer su muerte unos meses para  embarcarse en una   misión final:  regresar a la escuela de su infancia, en las montañas de Sierra Elvira (Granada), con el objetivo de  encontrar los últimos ejemplares de la especie y evitar su extinción .     -------- En su regreso a las montañas , conoce a Ana, una enigmática mujer  que vive en la escuela y asegura conocer el paradero de los caracoles. Aunque Ana, tiene un plan muy diferente: hallar un volcán mágico oculto en las montañas.  Juntas emprenderán una entrañable aventura  cargada de magia, leyendas y criaturas mitolo...
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Te odio.

Se cansó del karma, de los chakras, de esperar a que el universo le devolviera lo que siempre fue suyo. De tener que dar incluso cuando todo acabó. De tener que sonreír a quien le destruyó el corazón en mil pedazos, de callar, de no gritar, de dejar de ser las montañas. Porque, quizás, entendió que cuanto más gritaba cuánto le odiaba, más amor se estaba devolviendo a ella misma, a sus entrañas, a aquella niña que baila en el living room del himalaya. —te odio. Y lo gritó fuerte, con toda la fuerza que estuvo apretando entre sus dientes, para no decirlo, para que no se fuera... Esta vez gritó fuerte. Y volvió a pedir perdón una última vez. Por callar cuando tuvo que gritar: —¡tE ODIO! Y se perdonó para siempre. — — — — — — — — — — — — — — — — — —¿Y volviste? —Volví, claro que volví. Volví a ser todo lo que él odiaba. Volví a ser rebelde, a no parar de hablar por los codos, a reír descaradamente, a comer encima de la cama y bailar con los pies descalzos. Volví, y una vez llegas a ese pun...

Quien no se haya escondido, tiempo a tenido...

E ra un lugar seguro, mamá , nunca miraba allí, podía pasar horas escondida y nunca me encontraba. Ese día pasó horas buscándome  por toda la casa, escuchaba ruidos en el salón y se cayó un pla t o en la cocina , seguramente pensaba que me había metido en los muebles de la despensa . C orría de un lado a otro, y nunca me encontraba.   Un día la escuché llorar, eso no me gustó , así que decidí rendirme y salí . Vi a papá salir de casa; la casa estaba patas arribas; los sofás rotos; los libros de mamá reboleados por el suelo. Pensé que me había escondido demasiado bien. Sonreí. E lla e st aba en su habitación, sentada en el suelo y corrí a abrazarla . C uando le pregunt é que por qué lloraba, me dijo   que había tenido mucho miedo de no volver a verme otra vez.    ¡ Q u é tonta! Nunca entendí por qué no me encontraba, si fue ella quién me enseñó a esconderme debajo de la cama…   Quien no se haya escondido tiempo a tenido  

Ojalá

Y o no quiero pedirle ningún deseo a ninguna estrella que vaya con prisas, prefiero dejarlas v olar hasta Sevilla, para que cumplan los tuyos. Solo quiero decirles a las estrellas que si pides irte con ellas, que me lleven a mi contigo. Para llenarte de versos toda cara, y escribirte en prosa toda la noche. Date prisa tu también , antes de que llegué el otoño y se caigan de tus árboles todos mis ojalás . Que o jalá no hubieras sido lo más bonito que le has pasado a mi poesía . Que o jalá te hubiera dejado quedarte en todas mis ciudades, y ojalá fueras ese ‘ pero ’ que por una vez si vale . Ojalá  

Aquél abrazo en el salón.

Hacia mucho tiempo que mi padre no me abrazaba y, n o pude evitar recordar una noticia que había leído en el periódico semanas antes de aquél abrazo en el salón, sobre un neonato que dejaron abandonado en un hospital . N adie acudió a su nacimiento. N ació solo y prematuro. C omo era tan pequeñito y frágil , a todos en el hospital les daba miedo tocarlo, asi que, p asaron meses y meses y el niño seguía allí, encapsulado en su refugio de cristal .     Las enfermeras  metían las manos , cubiertas de gruesos y fríos guantes azules, a través de los huecos de la incubadora.  L e acercaban los biberones, con leche prestada de otras madres, a la boca, y lo alimentaban cada tres horas. Tenía oxigeno entubado para ayudarle a respirar y lo vigilaban día y noche. Pero nadie se atrev ía   a tocarlo , pues era tan pequeñito y frágil .. .  que todos tenían miedo de hacerle daño.     Lo dejaron en una sala, incubando y esperando, esperando e incub...

Lirios azules

N o tuve una abuela que me besara la frente . Tuve una abuela, pero nunca pudo darme uno de esos besos . Al menos que yo recuerde. Mi abuela se convirtió en flores demasiado pronto, l levándose consigo todos los jazmines del jardín, del patio trasero y de los balcones. Nunca más volvió a florecer una semilla en aquella casa. No sé exactamente dónde vivía , como un caracol , llevaba una mochila llena de acuarelas colgada en la silla de ruedas, y supong o que , hogar , era cualquier casa que ella pisaba. Cuando la visitaba , su enfermedad , las pastillas y la poesía , por partes iguales, siempre la h acían estar en un mundo paralelo. Yo solía imaginar que sería un mundo igual al de sus pinturas: lleno de prados verdes, con pequeñas flores de colores, y payasos rojos que dormían bajo la falda de los árboles. –qué lugar tan bonito para vivir–pensaba cuando mi madre me enseñaba los lienzos. S in yo saberlo entonces, ese mundo me sería heredado años más tarde. Pero no adel...